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EMI WINTER
REVOLOTEO

“Antes de que sea tarde, he procurado recapturar la belleza
extraordinaria de esa ave y transmitir la maravilla de la tierra en donde
vivía…
Es un mundo que agoniza, como Marte, pero que aún resplandece”.
J.A. Baker, El peregrino.

Hay un pájaro que hunde su pico en una piedra. De la piedra nace agua. Pero el agua se convierte en fuego. El pájaro lo observa todo, desde lo alto. Ve que alguien se acerca con toda calma. Una mujer colecta el fuego y entonces se asoman más aves. Se acercan para decir algo sobre otro tiempo en que ese jardín era una reunión de cadáveres.

Siempre estuvo la semilla. La semilla que se expande y luego se oculta. La semilla que abre sus estómagos para alimentarse de raíces y producir parcelas infinitas de flores. Aquí en este jardín, habitan los cuatro elementos. Es como si la gran semilla, que hemos visto en las cuatro esquinas, buscara darnos de comer, a las hijas hambrientas, a los hijos con sed… y entonces mientras nos nutrimos, también le damos nuestra alma. Siempre han brotado, como panes para el que tiene hambre. No son panes: es fuego, es flor, es agua y aire. Todo se contiene en esta orilla y a veces alguien se asoma con horror para contemplarlo todo.

He imaginado todo esto al ver el trabajo de Emi Winter, reunido en “Revoloteo”. ¿Y si perdiéramos el alma, qué podría regresarnos a la vida? La memoria. Una mujer sigue el camino del humo, busca alumbrar los días caóticos. Sigue un camino hasta la otra orilla… Luego la mujer se da cuenta de que ha sufrido metamorfosis profundas: hasta ser solamente una curva de la que nace una forma redonda. Todo es un delirio de color azul, o un atardecer rojo. O una huella de óleo en el centro de un árbol. La memoria es la visión de un jardín que alguien sembró.