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Un mapa de olotes

Alejandro de Ávila, 16 de abril de 2018


Ana Hernández crea un acertijo pacientemente. Moldea con cuidado un marco de metal en la forma que adoptan los distritos administrativos de Juchitán y Tehuantepec en la geografía de Oaxaca. Después lo rellena a más no poder con olotes encajados en perpendicular al plano, de tal manera que sólo apreciamos la base de cada uno. Pareciera que los miramos desde abajo, tal como los ve la tierra cuando los jilotes crecen en la milpa. El relieve resultante, que encontramos expuesto en esta galería, nos puede parecer una textura innovadora y atractiva, pero ¿Qué sentido oculto tiene esta composición? ¿Por qué pensar que es un acertijo?

Entendemos que es un acertijo cuando recordamos el uso de las oloteras, aros de bejuco o cinchos de alambre retacados con olotes, que sirven para desgranar maíz al frotar la mazorca seca contra la superficie rugosa. Livianas, eficientes y casi indestructibles, las oloteras son uno de mil implementos cotidianos donde brilla el ingenio de los campesinos mexicanos. Si la olotera desgrana cada tarde el maíz que se ha de cocer en la olla de nixtamal, ¿qué cosas desgrana el mapa de Ana en nuestra imaginación? ¿Será un mensaje cifrado dirigido al subconsciente para hacernos valorar los maíces nativos del Istmo, de donde ella es originaria? ¿Es su intención recordarnos que su tierra es la región con mayor diversidad de tortillas en el mundo? ¿Nos está queriendo alertar sobre los peligros que conllevan las semillas transgénicas de Monsanto?

Maíz y tortilla se envuelven y se abrigan con las manos de Ana. Los evoca un paño redondo que ella nos presenta, homenaje callado a Justina Oviedo, gran tejedora de San Mateo del Mar, comunidad vecina al pueblo natal de Ana. Fue Justina quien ideó los tejidos circulares, partiendo de las servilletas cuadradas que han tejido las mujeres mareñas durante siglos, generación tras generación. Servilletas que tapan totopos crujientes, guetabinguis olorosos, cabezas asoleadas y pupilas penetrantes.

Percibimos el mismo cariño a los hilos caseros, la misma veneración por las raíces, en el tejido que Ana elige como imagen para invitarnos a su exposición. No cubre éste a las tortillas, sino al cuerpo mismo de las mujeres, y no todo el cuerpo, sólo su vientre, sus nalgas y sus piernas. Largos y anchos, rojos con franjas doradas eran los lienzos que salían de los telares istmeños para que las mujeres zapotecas, mixes, zoques y mareñas los vistieran como faldas de enredo, igual que los sarongs de las jóvenes que embelesaron a Miguel Covarrubias en un distante y cercano Bali.

Ana pone al día el amor de Covarrubias, de Henestrosa y de Toledo por la cintura de esta tierra.




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