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Mirar la tierra


En la abstracción geométrica de Villalobos el espacio no es hermético y las capas crean ilusiones o ambigüedades; podría decirse hasta ciertas trampas. Con frecuencia los planos se subdividen en otros más pequeños para crear dinamismo. Las figuras no están definidas del todo, no hay rigidez en las líneas y éstas evocan pliegues, señalan continuidad y confirman movimiento. La interacción de formas es una pelea por mantenerse en el cuadro, flotando; en ocasiones líneas se insinúan como vestigios o rastros en el paisaje, y atestiguan que las figuras no están ancladas. Cada una de ellas por dentro contiene formas geométricas que se desdoblan o se penetran para dar efectos espaciales. Por momentos las figuras se ven intensificadas por la remarcación del fondo o porque se superponen entre ellas.

En otros cuadros las superficies son equilibradas y las abstracciones personales e íntimas. Villalobos dirige la mirada del espectador y hay que dejarse llevar por la tranquilidad del pincel, acompañar los colores; a veces en cascada o en lluvia, en bandas planas que resbalan por la fuerza de gravedad, y que en conjunto derraman emociones. La secuencia de líneas ocurre en un ambiente pacífico. Los colores cortados son estados de transición hacia un ritmo constructivo y la atmósfera está suavizada con delicadas veladuras.

Alternativamente algunas capaz parecen estar borrándose, apenas y se perciben los ligeros cambios de ritmo; por ello es necesario contemplar con calma, recorrer el cuadro como un laberinto, caminar sobre él y, al Mirar la tierra, reconocer algo que no está fuera de nosotros.