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Francisco Toledo

“Es cierto que cada vez que un artista inicia un cuadro pone en cuestión toda la pintura anterior”. En esta línea del crítico español Valeriano Bozal la palabra “cuestión” adquiere su dimensión correcta cuando pensamos en ciertos artistas. Sobre todo, diríamos, para aquellos para los que una obra significa reflejo de diversidad de épocas, reorientación del tiempo y del espacio, revisión minuciosa del mundo entero. En el caso de Francisco Toledo (Juchitán, 1940) no podemos evitar pensar que su trabajo es un diálogo constante con la historia de la literatura y, más aún, con la historia universal. Y que, a veces, forma grietas en esta historia que se pretende sólida, espacios luminosos a través de los cuales crea, imagina, recompone ciertos escenarios y elementos o, sencillamente, les da una nueva existencia. Más bien, Toledo busca una síntesis original, y como nadie sabe dónde está el origen de las cosas, puede pintar un peine, un zapato, una máquina de coser, y es capaz no sólo de darles a estos objetos novedad, verlos con otros ojos, sino también de colocarlos en un territorio mítico, insospechado. Invitados a una nueva exposición de Francisco Toledo asistimos a la reunión objetos e historias que parecían perdidas o disueltas en nuestra mente.

El orden de una biblioteca puede ser aparente, generalizado, material, apegado a rígidas estructuras. Y, sin embargo, siempre que hay una reunión de libros hay también emplazamientos secretos, zonas marginales y extraordinarias. Quien posee una biblioteca posee con ello un sistema (o una serie de sistemas que pueden volverse infinitos), un conjunto de ideas en las que el mundo se acomoda, se reúne, se multiplica. El orden que Toledo nos transmite de su biblioteca ideal es una del lector activo, del habitante de una casa que nunca permanece igual. La biblioteca del IAGO resulta ya demasiado amplia para la vida de un solo lector, que puede recorrerla, pero no es capaz de “leerlo todo”. Al parecer, Francisco Toledo se ha empeñado en contradecir esta idea y, como él mismo ha afirmado, más que leer, está siempre releyendo. Es, como se sugiere de ciertos creadores, un buscador de huellas, un coleccionista de fragmentos desperdigados aunque no inconexos.

El pintor mexicano creció escuchando las historias y los relatos míticos y cotidianos del Istmo; en su época de juventud vivió en un París que reunió a los grandes antropólogos, aquellos estudiosos de la inmortalidad del mito, como Benjamin Péret, cuyo libro Anthologie des mythes, légendes et contes populaires d´Amérique Francisco Toledo leyó y en parte tradujo con ayuda de un diccionario; hoy día continúa, a través de una biblioteca de 70 mil volúmenes, de rendir homenaje a los animales, las plantas, las rocas y los materiales que le parecen peculiares. Toledo lee, una columna, tal como la idea que articula esta exposición, nos recuerda la noción que mantiene Claudio Magris, de que “leer significa pensar la historia del alma humana en todas las épocas y países”.

Para que una mitología perdure requiere de un correlato visual, de un conjunto de imágenes que sostendrían o que ayudarían a sostener dicho discurso en el tiempo. Así pues, Francisco Toledo ha decidido mirar a criaturas lejanísimas para nuestra cultura, como los osos.

Para los antiguos germanos y escandinavos (y para muchos pueblos del Hemisferio Norte) el oso no era sólo un animal;  era un ser cuyo poder estaba presente tanto en sus rituales como en su linaje. Una divinidad, acaso la primera de Europa, sostienen algunos estudiosos. Dice J. G. Frazer en La rama dorada que “por encima de todos los animales es el oso el que recibe la mayor veneración idolátrica”. Los guerreros no sólo se consideraban igual de fuertes que uno oso sino sus legítimos herederos;  se creían descendientes de relaciones entre osos y mujeres. Mujeres que habían sido raptadas y llevadas al centro del bosque.

En una serie dedicada a sus lecturas ursinas, Toledo propone una serie de fábulas, de pequeños relatos visuales que compondrían una minuciosa puesta en escena del mundo infantil y el de los osos. No se olvida de esa vieja historia de la que se supone parte la idea de los osos de peluche: cuando el cristianismo se extendió en las zonas donde se veneraba al oso, los sacerdotes daban osos de paja a los niños para recordarles que Dios todavía seguían con ellos. Esta historia, que podría parecer surgida de cualquier fábula, no es ni marginal ni extraña. Más bien, es uno de los modos en que subrepticiamente, el ser humano va adaptándose al inclemente tiempo histórico.

La obra de Toledo está llena de alegorías, de mensajes ocultos, de metáforas; ésta no carece de ellos. En estas obras las situaciones que pueden contener una cierta tensión se vuelven lúdicas, se resuelven en elementos que muchos pueden creer irreconciliables.  En estas piezas de Francisco Toledo podemos ver al oso habitando el mundo infantil, recorriéndolo como en un paseo, como en una ensoñación. Aquí un oso es, al mismo tiempo, un juguete y un niño; sería difícil precisar cuáles son los límites entre uno y otro.

En la pintura de Francisco Toledo hemos visto desfilar uno de los más memorables bestiarios. Cada cierto tiempo a su gabinete se suman animales cuyos caracteres los hacen insólitos, tanto por su fisonomía como por su tamaño. La pulga de Robert Hooke y el rinoceronte de Durero —que Toledo ha retrabajado— son prueba de la insistencia del artista por enaltecer a ciertos seres que en la tradición occidental carecen de “grandes significados”. En efecto, la historia humana está llena de insidias contra el reino animal; sin embargo, no han faltado sensibles apologistas ni curiosos, que nos han legado obras tan importantes como las de Jean Henri Fabre o Ernst Jünger. Ahora bien, Toledo se ha dedicado a crear un mundo para los insectos. Será necesario pensar que, además de emular sus múltiples formas, lo que quiere es crear nuevos animales, nuevas naturalezas que habitarían mundos fantásticos e imposibles. Si no fuera así, ¿qué sentido tendría dibujar una y otra vez ciertas figuras?

A Francisco Toledo quizá le fascinen los insectos porque su existencia, mínima, le permite ejecutar a través de sus geométricos y extrañísimos cuerpos, una escritura secreta, un lenguaje completamente nuevo que el espectador está invitado a interpretar.

Roger Caillois le interesa a Toledo porque es unos de esos creadores que son capaces de ir de un lado a otro por docenas de disciplinas, como en un viaje de exploración, del que extrae informaciones de territorios desconocidos. Piedras, jardines, pulpos, ramas. En nuestra vida cotidiana tal vez no resulten tan importantes, pero son los artistas como Caillois los que nos traen de vuelta esos objetos cargados de electricidad, de magia, de una intimidad insospechada.


No es inusual que la mitología del pulpo, ideada por Caillois haya sido frecuentada por Francisco Toledo, que incluso se ha llegado a representar como pulpo. Tal vez no se trate de ninguna metáfora. El Maestro posee muchas manos, si pensamos en que cada una sería una técnica o un proyecto.

Para Toledo un libro no es un ente completo. El lector lo concluye cuando lo lee, cuando lo corrompe, cuando lo interpreta o lo interviene. Este conjunto de intervenciones literarias, que Toledo hace para modificar la historia de la literatura, para invitar a más curiosos, viene aparejada al hecho de que ha llevado sus lecturas a un grado radical. No puede leer un libro sin que lo glose, sin que anote o dibuje sobre él. Las narraciones o los poemas, en manos de Francisco Toledo, se extienden a través de las portadas, las paredes, las mesas. Como si un conjunto de insectos invadieran el espacio cotidiano.

El Informe para una academia, de Franz Kafka, o El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges, que precisamente Francisco Toledo se ha propuesto completar, son ejemplos de una imaginación colectiva, de un placer aún más importante que el de inventar una tradición: el de continuar con ella. Toledo continua la obra de ciertos escritores a través de caminos que sus creadores acaso nunca lo imaginaron.

En el caso de Kafka, diremos sencillamente que Toledo ha propiciado su literatura como si fuese un ritual constante, una tradición dentro de su biblioteca, pues acaso el IAGO posee una de las colecciones más grandes que hay de libros del escritor checo en español.

En la literatura de Kafka los hechos más extraordinarios toman un cariz de cotidianeidad. O, dicho de otro modo, a veces la vida cotidiana se trastoca por acontecimientos complemente inesperados, aunque tal parece que los personas intentan retornar al día a día al que están acostumbrados.

Creo que no es casualidad de Francisco Toledo el que se haya dedicado a crear un “elogio de la mano” a través de diversas obras. En las manos está la historia de la humanidad, su suerte, acaso su destino. Pensemos, por ejemplo, en las pinturas más antiguas de las que tenemos noticia, un conjunto de manos de más de 60 mil años en las cuevas de Maltravieso, en España.

Seguimos asombrándonos de todo lo que podemos hacer con las manos. Nadie sabe lo que unas manos pueden hacer. Acaso por ello Toledo las colecciona, porque se sorprende que de las suyas emane tanto significado.

Francisco Toledo tal vez posea un cuaderno secreto, un diario donde sólo dibuje y anote cosas sobre las manos. No es inusual imaginarlo así porque se trata de un tema que atraviesa toda la cultura.

“La tierra de la mitología es redonda; así, no remite a un punto de partida obligado” o, lo que sería decir casi lo mismo: los territorios de la mitología son equivalentes. En esa esfera equidistante, el tiempo y el espacio resultan cuestiones secundarias, pues en cada mito aparece una fuerza de sentido enorme, una pequeña unidad que revela el todo. Tras esta oración de Claude Levi—Strauss nos queda claro que la fuerza del mito no comprende fronteras ni las construye. Así pues, podemos también sospechar que Francisco Toledo vive el mundo del mito de modo auténtico, pues aparte de representar lo inusual de relatos huaves y mixes, fabrica en cada pintura un mito distinto.

La historia prehispánica es un referente fundamental para su trabajo. En obras como en Monedas y metates, que aluden a Chichén Itzá, Toledo se adentra en la reconstrucción y apreciación de símbolos. La fuerza del símbolo, el poder de los objetos que constituyen nuestra historia, sirven a Toledo para reorganizar, para orientarse dentro de los vastos corredores de la historia.

Las grecas y los glifos no son adornos: son un conjunto complejo de signos, tal como un alfabeto o indicaciones precisas. Los números y las monedas (objetos simbólicos) se reparten en el espacio, se alude a ellos y se imagina uno viendo un mapa antiguo: Toledo, muy sabiamente, coloca también una pátina de antigüedad, de color primordial a su obra. Ver cada una de estas piezas nos hace pensar que observamos objetos y situaciones de tiempos remotos. Y, al mismo tiempo, no dejan de hablarnos de una circunstancia intemporal, siempre vigente.


Los lectores encontramos en las piezas de Francisco Toledo referencias que suelen multiplicarse, reunirse, expandirse en nuestra conciencia. Ciertos elementos pueden remitir a Mallarmé, a Paul Válery, lo mismo que la mitología zapoteca o nórdica; los relatos familiares y cotidianos que no dejan de tener aspectos fantásticos o extravagantes y se unen a los cuentos de los indios norteamericanos a las cartas de Nikola Tesla.

Las piezas de Toledo, una vez que se observan, suelen permanecer en la memoria. Acaso porque ha encontrado una conjunción sabia entre lo metafísico y lo inmediato.

En sus goauches, grabados, esculturas, encontramos por doquier objetos cósmicos, elementos que pueden conformar el mundo. Así pues, frijoles, peines, conchas, camisas, podrían resultar anodinos en la mirada común, pero puestos en los trabajos de Francisco Toledo irradian su propia luz, manifiestan un lenguaje discreto que anima al espectador a continuar contando ciertas fábulas. Como en los refranes o en los dichos populares, estas piezas no dejan de sorprendernos por su ingenio y sabiduría.