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DE FÁBULA
Guillermo Santos

Esopo es un tumulto de hombres. Es, como Heráclito, un rumor; la consumación de un conjunto de historias y lugares remotos en algunas cuantas líneas notables e imperecederas. Como cualquier hombre de la antigüedad, como cualquier hombre, quedan fragmentos desperdigados en nuestra conciencia, tal como un conjunto de basamentos incrustados en la tierra de un “suelo común”, un suelo común que podríamos llamar “sabiduría popular”. Cada cierto tiempo alguien descubre esas piedras de significado, las oculta o las transforma en otra cosa; se las apropia o, sencillamente, las comparte. Wilhelm Nestlé -en su Historia del espíritu griego- ha escrito que “Esopo es una etiqueta colectiva para todo el tesoro fabulístico griego. El hecho de que la representación habitual de este maestro fuera la de un hombre feo y mal desarrollado, significa una ruptura con el viejo ideal aristocrático de la virilidad […]”. Es otro modo de decir que a Esopo se le ha atribuido un discurso de género menor (no sabemos hasta qué punto suscrito por Nestlé). Los escritos de Esopo manifiestan el poder de lo fantástico, e inmediatamente hay quien propone a estas narraciones como contrapunto a ciertos “valores racionales” (como cuando se refiere “lo apolíneo frente a lo dionisiaco” o “lo poético frente a dialéctico”).

En la descripción inexacta de la fisonomía de Esopo se advierte ya un rasgo que no es posible ignorar: Esopo es también una criatura fantástica, un ser cuya carga de sentido es como una proyección de la colectividad sobre aquello que la diversifica y enriquece.

Hay quien imagina a Esopo como un ser salvaje, de aspecto indómito o como una mezcla entre hombre y animal. Al menos las imágenes que la historia ha sospechado de su rostro (el libro clásico la Vida de Esopo, de Maximus Planudes se ilustra con algunos retratos imaginarios) muestran ese rasgo de lo múltiple en la unidad de un mismo rostro.

 

Lo que no podemos negar es ese carácter “fantástico” que no deja de rodear a la figura Esopo. Prueba de ello, acaso, es la traducción de 47 de sus fábulas al náhuatl, encontradas en un manuscrito llamado Cantares mexicanos, un conjunto de escritos probablemente compilados por fray Bernardino de Sahagún, que data del siglo XVI y que contiene, entre otros, el Kalendario mexicano, la Divinatoria de los mexicanos o la Vida de San Bartolomé. Se sostiene que dicho conjunto de escritos poseía fines didácticos (pues es una colección bilingüe: latín/náhuatl) y que muy probablemente haya servido en las cátedras trilingües del Imperial Colegio de la Santa Cruz, en Santiago Tlatelolco, la primer institución educativa de nivel superior del Nuevo mundo instaurada por los
conquistadores.

Esopo es un tumulto de hombres. Es, como Heráclito, un rumor; la consumación de un conjunto de historias y lugares remotos en algunas cuantas líneas notables e imperecederas. Como cualquier hombre de la antigüedad, como cualquier hombre, quedan fragmentos desperdigados en nuestra conciencia, tal como un conjunto de basamentos incrustados en la tierra de un “suelo común”, un suelo común que podríamos llamar “sabiduría popular”. Cada cierto tiempo alguien descubre esas piedras de significado, las oculta o las transforma en otra cosa; se las apropia o, sencillamente, las comparte. Wilhelm Nestlé -en su Historia del espíritu griego- ha escrito que “Esopo es una etiqueta colectiva para todo el tesoro fabulístico griego. El hecho de que la representación habitual de este maestro fuera la de un hombre feo y mal desarrollado, significa una ruptura con el viejo ideal aristocrático de la virilidad […]”. Es otro modo de decir que a Esopo se le ha atribuido un discurso de género menor (no sabemos hasta qué punto suscrito por Nestlé). Los escritos de Esopo manifiestan el poder de lo fantástico, e inmediatamente hay quien propone a estas narraciones como contrapunto a ciertos “valores racionales” (como cuando se refiere “lo apolíneo frente a lo dionisiaco” o “lo poético frente a dialéctico”).

En la descripción inexacta de la fisonomía de Esopo se advierte ya un rasgo que no es posible ignorar: Esopo es también una criatura fantástica, un ser cuya carga de sentido es como una proyección de la colectividad sobre aquello que la diversifica y enriquece. Hay quien imagina a Esopo como un ser salvaje, de aspecto indómito o como una mezcla entre hombre y animal. Al menos las imágenes que la historia ha sospechado de su rostro (el libro clásico la Vida de Esopo, de Maximus Planudes se ilustra con algunos retratos imaginarios) muestran ese rasgo de lo múltiple en la unidad de un mismo rostro.


Lo que no podemos negar es ese carácter “fantástico” que no deja de rodear a la figura Esopo. Prueba de ello, acaso, es la traducción de 47 de sus fábulas al náhuatl, encontradas en un manuscrito llamado Cantares mexicanos, un conjunto de escritos probablemente compilados por fray Bernardino de Sahagún, que data del siglo XVI y que contiene, entre otros, el Kalendario mexicano, la Divinatoria de los mexicanos o la Vida de San Bartolomé. Se sostiene que dicho conjunto de escritos poseía fines didácticos (pues es una colección bilingüe: latín/náhuatl) y que muy probablemente haya servido en las cátedras trilingües del Imperial Colegio de la Santa Cruz, en Santiago Tlatelolco, la primer institución educativa de nivel superior del Nuevo mundo instaurada por los
conquistadores.